Precios por las nubes
Salgo de la tienda con cinco productos que caben en mi mochila: un lomo de bacalao, dos tomates rosas, jamón dulce, 300 gramos de queso fresco y una bolsa de guisantes congelados. La broma me ha costado más de treinta euros, pero no culpo al tendero. A lo largo del verano y con la mente y el cuerpo de vacaciones, cualquier mierda de comida a desgana en restaurantes creados para atracar la gula del comensal costaba un mínimo de treinta euros por persona, con el añadido de que salías con la sensación de haber sufrido un atraco a mano armada. La diferencia entre ese restaurante pendenciero y la tienda es que, en la segunda, todo es de calidad y la calidad la pagas con resignación.
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