La primera catedral del vino para la religión de los viticultores se renueva: “Queremos que vuelva a ser un lugar donde pasen cosas”
A principios del siglo XX, el campo catalán intentaba recuperarse de una de sus peores crisis después de que la filoxera hubiera arrasado buena parte de los viñedos. En ese contexto, el cooperativismo agrario afloró, no solo como una forma de organización, sino también como una forma de entender el vino y también como una seña de identidad arquitectónica extraordinaria. Nacieron así las llamadas catedrales del vino, cellers cooperativos que tienen mucho de templo y que forman una de las expresiones más singulares del patrimonio vitivinícola catalán.
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