Un bar bueno
Los abanicos blancos agitan el bochorno poco habitual de la calle como palomas espídicas. Suenan las persianas de los comercios que cierran a mediodía para comer. Las voces de los niños que vuelven del campamento de verano se hunden en el aire denso. En la terraza del Ongi Etorri llevan ya horas apareciendo cafés y vermús —con mucho hielo—, las gildas de siempre. También dentro, donde ahora Iker saluda a las cuatro u cinco mujeres de setenta y tantos que, cada día, se encuentran aquí para tomar el aperitivo. Las saluda por su nombre, supongo, porque no alcanzo a oírlo, pero ellas responden con la confianza de quien vuelve a una mesa común, donde cada una sabe dónde sentarse y lo que le van a servir.
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