Gastronomía

“Podría haber escogido una zona de moda, pero vi el potencial en esta”: abandonó ocho siglos de legado familiar de vino en el Bages para probar suerte en la Terra Alta

“Podría haber escogido una zona de moda, pero vi el potencial en esta”: abandonó ocho siglos de legado familiar de vino en el Bages para probar suerte en la Terra Alta

Judith Cortina, David Jobé (Enoturista)

15/07/2026 06:00

Ramon Roqueta Segalés sabía desde niño que se dedicaría al vino. Casi lo llevaba escrito en el ADN. Parece exagerado, pero detrás había ocho siglos de historia familiar vinculada a la viña, más de treinta generaciones y una misma masía en el Bages donde nombre y apellido habían pasado de padres a hijos. Más que un oficio, era administrar un legado. Y, efectivamente, Ramon se dedicó al vino... pero no de la manera esperada.

“He vivido el vino y la viticultura con total naturalidad desde que tengo dos o tres años”, recuerda Ramon Roqueta. La primera imagen que le viene a la memoria es un paseo entre viñedos con su familia. Su padre, Valentí Roqueta, impulsó Abadal, uno de los grandes proyectos de recuperación vinícola del Bages. Y su abuelo, Ramon Roqueta Roqueta, había expandido una marca ya muy conocida bajo el eslogan “Con vino Roqueta, mesa completa”.

Lo de llamarse Ramon tampoco es casual. Los hijos varones de la familia alternan los nombres de Valentí y Ramon desde hace cinco generaciones. “En mi casa se hace un poco de broma”, admite. “Son tradiciones que no son importantes, pero son divertidas. Porque lo importante es preservar la actividad de la familia, el legado, la manera de hacer”, concluye Roqueta.

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Hay pocas dinastías vinícolas tan longevas como los Roqueta, propietarios del Mas Roqueta, en Santa Maria d’Horta d’Avinyó, y viticultores documentados desde 1.199. Sí, tal vez parecía que lo de Ramon estuviera escrito, que su historia estuviera predestinada desde el nacimiento. De ahí lo realmente diferencial: decidió escribir la suya propia.

El destino parecía ligero hasta que Valentí Roqueta le planteó a su hijo empezar a hablar de su incorporación al negocio familiar. Ramon había estudiado Enología, trabajado en Francia, Estados Unidos y Australia. En cierta manera, se sentía cómodo lejos de casa. La propuesta lo cambió todo. “Yo sabía que aquello era una mochila muy grande, una responsabilidad que en algún momento tendría que cargar. Fue entonces cuando me entró vértigo”, admite Ramon Roqueta. El heredero cara a cara con su herencia.

Ramon Roqueta:

Ramon Roqueta: “Yo sabía que mi legado era una mochila muy grande”. 

Cedida

Valentí lo vio con perspectiva. “Mi padre me planteó que podríamos hacer una buena transición. En cambio, si esperábamos más tiempo, tal vez no la haríamos igual”. Pero para Ramon el debate era justo lo contrario. Se sentía demasiado joven para aparcar sus ganas de “dar vueltas por el mundo y seguir aprendiendo”. 

Lo habló con un antiguo profesor, que le aconsejó planteárselo a su padre con franqueza. Tal vez no tenía que escoger entre una cosa y la otra. Podía empezar a jugar en casa y, al mismo tiempo, abrirse un campo propio fuera. Solo faltaba encontrar cuál.

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Y Ramon le habló a Valentí de un camino pendiente de recorrer. De una pasión nacida en Francia, en Châteauneuf-du-Pape, por una variedad que había trabajado en Château Mont-Redon. De una uva más bien escasa en el Bages, pero capaz de dar vinos sorprendentemente frescos y elegantes incluso en un territorio cálido. Ramon le habló de su amor por la garnacha. No para rechazar su entrada en la empresa familiar, sino para plantearla sin renunciar a construir algo propio.

Buscando un lugar en el mundo compatible con la familia, dieron muchas vueltas. Priorat, Montsant, hasta llegar a la Terra Alta. “Pensé: este es el sitio”, recuerda Ramon. “A veces lo comparo con tener un hijo: uno de los valores de la paternidad es la inconsciencia”. Empezaba desde cero un proyecto completamente suyo. Compraron 4,5 hectáreas de garnacha vieja, blanca y tinta, y durante los primeros años elaboraron en un espacio en Batea, junto a Cellers Tarroné. “Yo puse la ilusión inconsciente y mi padre puso la cabeza”, resume Ramon.

La Masia de la familia Roqueta, entre sus viñedos.

La Masia de la familia Roqueta, entre sus viñedos. 

Cedida

Durante años, la oficina fue la AP-7: de Manresa a Batea y de Batea a Manresa. Ramon debía combinar trabajo, formación y compromiso familiar. Hasta que, con el proyecto ya más maduro, compraron Casa Figueras, una casa señorial en el centro del pueblo. En parte de sus jardines instalaron la bodega, llegaron los depósitos y las barricas encontraron su casa. Hoy LaFou es también una puerta de entrada a la Terra Alta, donde los visitantes conocen el proyecto y prueban sus vinos de garnacha vinculados al paisaje y a los productos de la comarca.

En aquellos viajes de ida y vuelta, en el vaivén entre dos territorios tan distintos como el Bages y la Terra Alta, Ramon entendió un poco mejor a su padre. “Creo que en mi familia tenemos vocación de picapedreros. Recuperar el Bages vitícola costó muchísimo. Hablar de picapoll en los años ochenta, cuando nadie hablaba de variedades autóctonas, parecía una locura. Y después el picapoll fue el embrión del nombre, el prestigio y el recorrido que ha tenido la DO Pla de Bages. Siento que, en mi caso, algo parecido me está pasando en la Terra Alta con la garnacha”, admite Ramon Roqueta.

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Es también un viaje empresarial compartido entre padre e hijo. “Podríamos haber escogido otra zona más de moda. Pero vimos el potencial y el sentido. Tal vez nos lleve diez o quince años más, pero hemos decidido pasarlos aquí, construyendo este proyecto”, explica. Al final, quizá sea precisamente el tiempo lo que da sentido a todo. De 1199 a 2026. El tiempo y la familia.

Porque una dinastía de más de 800 vendimias es un árbol de raíces muy profundas. “Es algo que nos marca de manera muy importante. Puede resultar chocante, pero nosotros contemplamos la familia al servicio del legado y no al revés”, constata Roqueta. Ese es el precio —y también el privilegio— de custodiar una herencia tan antigua: preservar la historia e intentar crear marcas capaces de perdurar en el tiempo.

Ramon Ro

A Ramon no parece asustarle que caiga el consumo de vino o que los jóvenes se interesen menos por beberlo. “Mientras haya civilización habrá vino”, sonríe. Tampoco se le nota demasiado el peso de la herencia sobre los hombros. Ya habrá tiempo de hablar de todo eso con su primogénito, que, por supuesto —por si quedaba alguna duda—, se llama Valentí.

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