Hay bodas y bodas, pero la que celebró Núria Gibert, hija de Fina Navarro e hijastra de Carles Gaig en Mas d’Osor, masía construida a los pies del Monsteny, superó, en cuanto ágapes y ritmo fiestero, a todos los banquetes nupciales a los que yo he asistido en mi vida, y llevo ya, a mis casi sesenta años de existencia, unos cuantos. Algunos, por cierto, olvidables, otros, memorables, y, los de mis amigos más íntimos, guardados en mi memoria sentimental.
Y aunque Núria y Joseba, un vasco de tomo y lomo, ya se habían casado civilmente en Singapur y con mascarilla pandémica, quisieron, cinco años más tarde, conmemorar su enlace comme il faut, con una fiesta con un disk-jockey que no esperó a la puesta de sol para llenar el ambiente de música de baile y un banquete servido por Nandu Jubany que mimó a los invitados como Ugo, el cocinero de la Grande Bouffe. A diferencia de los personajes de la película de Ferreri, nadie murió con el estómago reventado, pero sí pudimos alcanzar los cielos de placer. Dígame algo que usted desee, porque cuando uno formulaba un deseo al ritmo de Police o Lady Gaga, allí aparecía el camarero dispuesto a mimarle. La boda de Núria y Joseba fue un espectáculo transversal y transgeneracional. Quizás, quién menos disfrutaron fueron los veganos, una pena.
También sonaron Raffaella Carrá y Raphael. No podían faltar.
Hubo muchos invitados, amigos de los novios y de los padres, y algún chef, pero este artículo de opinión no pretende ser una crónica social, sino una reflexión personal de cómo sobrevivir a un fiestón como ese siendo, como es mi caso, un ex alcohólico en rehabilitación. En realidad, si lo haces bien, la rehabilitación dura toda la vida. Es cuestión de entrenar y ser constante para convertir los vasos de alcohol en cálices invisibles.
Copas de agua en una fiestaGetty ImagesHará cosa de un tiempo asistí a una fiesta de cumpleaños en la que alguien tuvo la brillante idea de dejar sobre la mesa una botella de Vichy llena de vodka, y pude escupir el destilado cuando aún no había entrado en mi esófago. Son cosas que pueden pasar y que, siendo un ex alcohólico, te obligan a ir con los cinco sentidos despiertos. Por suerte, durante la noche de celebración mayestática celebrada en honor a Núria y Joseba no sufrí ningún percance, comí como si no hubiera un mañana y bailé, algo raro en un tipo como yo que tiene el labrum de la cadera partido en dos. Mi pareja es bailonga y sommelier, dos cosas buenas: la primera, porque me obliga a mover el esqueleto; la segunda, porque sabe cómo protegerme.
Como ya he dicho, el truco como ex alcohólico para disfrutar a lo largo de una boda saciada de alcohol, comida, baile y felicidad, es el trabajo bien hecho, en mi caso, desde el 21 de octubre de 2018. Llevo casi ocho años sin probar alcohol y ocho años preguntando todo lo que tengo que preguntar para que mi cerebro -órgano traicionero cuyo hipotálamo tiene tendencia a la nostalgia traicionera- no me venda la típica frase de: “por una vez, no pasa nada”.
Y pasa. Y son unos cuantos amigos los que han vuelto a recaer por no estar en guardia. Invisibilizado el alcohol, lo importante es saber si los platos servidos están preparados con vino, el gran aliado de las salsas. El tiramisú, por supuesto, prohibido. Puede ser que alguna vez haya comido algo preparado con vino sin saberlo. En nuestros cerebros en rehabilitación, los descuidos no tienen el peso de la voluntad.
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Reconozco que bien entrada la celebración, decidí darme un descanso volviendo al coche para reposar mentalmente un rato. Enchufé la radio -soy un adicto a las ondas- y escuché un noticiario. Tras media hora de reposo, volví a la fiesta cargado de energía y sed de agua. Segundas partes pueden ser tan buenas como las primeras, aunque entre tanto invitado sin restricciones puedas sentirte como un marciano. Muchos saben de mi pasado y de mi esfuerzo, y me reciben más como a ET que como a un invasor alienígena de La guerra de los mundos.
Felicidades, Núria y Joseba por vuestra felicidad, y gracias por haberme invitado a una fiesta tan mágica como el Montseny. Al otro lado de esa montaña, por cierto, reside el Instituto Hipócrates, el centro terapéutico dónde yo volví a nacer el 21 de octubre de 2018.
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