Gastronomía

“Mi abuelo no entendía mi idea, pero hoy estaría orgulloso de que el negocio siga gracias a las viñas que él plantó”: de vender uvas a fabricar sus propios vinos como cuarta generación

“Mi abuelo no entendía mi idea, pero hoy estaría orgulloso de que el negocio siga gracias a las viñas que él plantó”: de vender uvas a fabricar sus propios vinos como cuarta generación
Jara Bravo

02/11/2026 07:00 15 15 0:00Audio generado por IA0:000.5x0.8x1x1.2x1.5x SUSCRÍBETE PARA ESCUCHAR

Durante cuatro generaciones, los Sanromà cultivaron la uva que después se vendía a granel a la cooperativa. Su trabajo estaba en el origen del vino, aunque su apellido no figurara en ninguna etiqueta. Eduard Sanromà (34 años) quiso cambiarlo.

Tras estudiar enología, decidió reservar una parte de la producción familiar para elaborar sus propios vinos. Así nació en 2013 el Celler Sanromà, un proyecto con el que no pretendía abandonar el camino de sus antepasados, sino explorar una nueva manera de recorrerlo: embotellar el paisaje y transmitir la personalidad de la tierra en cada botella.

Desde entonces, el proyecto ha ido creciendo lentamente, pero sin pausa. En 2018, Eduard adquirió el edificio donde actualmente se encuentra la bodega y, hoy, elabora unos diez vinos monovarietales y prepara alrededor de 25.000 botellas al año. En esta entrevista para La Vanguardia, el joven explica cómo ha sido desviarse un poco del camino de las generaciones que le precedieron y por qué ha apostado por unas variedades autóctonas tan concretas.

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¿Cómo comenzó la historia de tu familia con las uvas y el vino?

Nuestra familia siempre se ha dedicado a la agricultura, concretamente vinculada a la venta de uvas. Yo me acuerdo de ver a mi abuelo plantar y cuidar las viñas cuando era pequeño. Mi pueblo, Vila-rodona (Tarragona), tiene una de las catedrales del vino, unas bodegas creadas por César Martinell. Por ello, a principios de siglo, se volcaron en la venta de uvas. Viendo que las personas que iban por los pueblos compraban su fruta a precios distintos, decidieron crear una cooperativa. Mi padre y mi abuelo han estado siempre muy vinculados a ella, con la idea de que yo continuara.

Me acuerdo de ver a mi abuelo plantar y cuidar las viñas cuando era pequeño.

Eduard Sanromà

¿Es lo que querías?

Al principio, no. Cuando era pequeño y todos mis amigos iban a la piscina en verano, yo tenía que ir a la viña. Entonces, durante un tiempo, era algo de lo que intentaba alejarme porque, como me la había comido tanto de pequeño... El caso es que, a medida que crecía, mi madre me dijo que estudiara y empecé un grado medio de elaboración de vinos.

¿Y qué pasó?

Pues que pasé de ser el último de la clase a ser el primero porque todo tenía que ver con cosas que había visto. Fue ahí cuando me comenzó a gustar. Después de este curso hice el grado superior y, de ahí, me lancé a la carrera de enología en Tarragona. Cuando terminé, mi padre me dijo: “Hay dos opciones. O te vas a trabajar como enólogo a otro sitio y creas tu propio proyecto fuera de casa, o bien intentamos hacer vino de cero”.

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Pero en casa no teníais bodega, ni infraestructuras para elaborar vino, ¿no?

No. Mi caso no era de esos en los que el abuelo o bisabuelo ya hacía vino y la bodega estaba creada. Nunca se había proyectado algo así, ni había ganas. Lo único que tenía eran 30 hectáreas de viña, de las cuales me quedé un tercio más o menos para la bodega. El resto seguía destinado a la producción y la venta de uva. De hecho, yo sigo llevando parte de la cosecha a la cooperativa.

¿Cómo fue el proceso de pasar de la venta de uva a compaginarla con la elaboración de vino?

En los primeros años, del 2013 al 2015, la cooperativa me dejó un espacio para crear la bodega. Compré un depósito de 200 litros y, junto con otra bodega, empecé a elaborar vinos. Unos años después, en 2018, un señor que distribuía cervezas se jubiló y puso a la venta un local justo delante de mi casa. Pedí la ayuda para la primera instalación de jóvenes agricultores de la Generalitat, que eran 30.000 euros a fondo perdido y con seis requisitos. Así, compré el edificio y comencé de forma oficial lo que es Celler Sanromà.

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¿Cómo recibió la familia este cambio de concepto?

Creo que mi abuelo no lo acabó de entender del todo. En 2019, cuando solo llevaba un año con la bodega, hicieron un vídeo por los 100 años de cooperación en Vila-rodona, donde lo entrevistaron como expresidente. En él, explicaba con recelo que su nieto había empezado a hacer vino en casa y que le daba pena que toda la uva de casa no fuera para la cooperativa.

¿Y tus padres?

Lo entendieron, pero seguramente preguntándose: “¿Por qué se quiere complicar la vida?”. Mi padre me lo dice cada año, que me lo dejó todo montado para que no tuviera que hacer la cosecha a mano y para estar en la cooperativa, y llego yo y lo giro todo. Por ejemplo, todo lo de mi bodega se vendimia a mano. También dejo hierba en las viñas porque elaboro vinos de mínima intervención para tener más en cuenta la tierra. Estos cambios siempre generan tensiones. De hecho, con mi padre hay veces que aún discutimos porque trabajamos juntos.

¿El pueblo opinó algo también sobre esta transformación del negocio?

Creo que les sorprendió. Cuando elaboraba mi primer vino, llamado 125 porque hice esa cantidad de litros, dejé caer el 50% de las uvas al suelo durante el envero, la etapa en la que las uvas empiezan a cambiar de color y que marca el inicio de su maduración. Pues los vecinos llamaban a mi padre para saber si se había peleado con alguien porque veían las uvas así.

¿Qué dirías que mantienes de las generaciones anteriores en tu forma de trabajar?

He aprendido esa idea de que para ellos no hay relojes ni horas cuando se trata de trabajar la tierra. ¡Cuánto amor has de tener por este concepto de vida para dedicarte así! Entonces, he aprendido esa constancia.

Eduard trabajando en las viñas de Celler SanromàEduard trabajando en las viñas de Celler SanromàCedida

¿Y qué has aportado tú de nuevo a este negocio? 

Creo que he dado una visión un poco más fresca en cuanto a conceptos de la viticultura que, quizá, fallaban. He decidido hacer las cosas de manera diferente y creo que me he ganado el respeto.

En vuestra web decís que vuestro objetivo es embotellar un paisaje y transmitir el territorio de forma líquida. ¿Qué significa?

Vengo de una generación que perdió las raíces en el momento en el que el consumo del vino se estandarizó. Antes, aquí había muchas variedades autóctonas como el sumoll o la cartuja. Pero, entre 1990 y el 2000, las cooperativas arrancaron estas variedades y plantaron tempranillo o chardonnay, entre otras. Cuando yo me incorporé tenía macabeo o parellada, pero ninguna variedad interesante que me permitiera crear un discurso potente de vínculo con el territorio. Entonces, cuando cogí más confianza, le propuse a mi padre volver a plantar estas variedades autóctonas, como el xarel·lo o el sumoll. A partir de estas, elaboro vinos monovarietales para demostrar ese amor por mi tierra.

Vengo de una generación que perdió las raíces en el momento en el que el consumo del vino se estandarizó

Eduard Sanromà

¿Cómo consigues que una producción limitada sea económicamente viable?

Los primeros años no ganas un sueldo, pero en mi caso, no dependo de ningún socio capitalista, ni tengo que rendir cuentas a nadie. Además, comencé a exportar desde el inicio, que me permitió tener una base para poder reinvertir. Así pude vivir un crecimiento exponencial muy rápido. Ahora sigo exportando a Nueva York, Bélgica, Holanda, Japón, Puerto Rico y Portugal. A esto se suma que yo tenía la otra empresa de venta de uva, de manera que no dependo al 100% de la bodega.

¿Has dependido de ese otro negocio?

Según la época. Al principio, la viña iba bastante mal por el precio de la uva y puse dinero de la bodega en la viña. En cambio, este último año, con todo lo de Trump y la guerra, ha sido al revés. Entonces, de alguna manera, nos vamos equilibrando.

Los primeros años no ganas un sueldo, pero en mi caso, no dependo de ningún socio capitalista, ni tengo que rendir cuentas a nadie

Eduard Sanromà

¿Qué retos te has encontrado durante estos años?

Cada día hay uno nuevo. Piensa que desde 2019 no ha habido un año tranquilo. En 2020, la covid. En 2021, te levantas de la pandemia. En 2022, Trump entra y comienza la guerra de Ucrania. Este último año sequía. Luego, encima, trabajaba con Canadá y Singapur, dos mercados muy potentes que me pedían muchas botellas, pero los dos cerraron. También, el mercado está saturado, hay problemas con los precios y la gente bebe menos alcohol. Es que, claro, si la gente de Barcelona paga 1.300 euros por un alquiler, ¿cómo van a pagar una botella de vino de 40 euros? Y, además, psicológicamente es muy duro porque ves que no vendes y te comes la cabeza.

¿Cómo los gestionas?

Pues he dejado de preocuparme por las cosas que no dependen de mí, como que Trump suba los aranceles o que venga un tsunami y destroce el mercado japonés. Antes no era así. Cuando eres nuevo en este mundo, en el que nadie te enseña a gestionar todo esto, haces el vino con toda la ilusión y, de repente, se te desmonta todo. Es un desastre porque piensas en lo peor. Pero, al final, son etapas y las cosas van cambiando.

Eduard compró un local en frente de su casa para crear su bodegaEduard compró un local en frente de su casa para crear su bodegaOt Boquera Guarch

¿Cómo ves el futuro de este proyecto?

Mi idea es seguir porque, al final, yo he dedicado muchas horas. Es mi sueño. Me gustaría cultivar más variedades de casa, hacer más vino y potenciar mucho la exportación, siempre dentro de un límite; me gustaría crecer, pero manteniendo el control. Es cierto que ya no me preocupo por cosas tan lejanas. Ya vendrá, pero la idea sería esta. Además, me gusta que con esto pueda reivindicar que la gente se quede en los pueblos y se implique en mantener el territorio.

¿Por qué?

Pues porque si yo estoy en la viña, el restaurante estará abierto para dar de comer. Si el restaurante está abierto, habrá ganadería de corderos. Si hay animales pastando, se comerán la hierba y no habrá incendios. Eso es mantener el territorio. Me preocupa que los agricultores desaparezcan porque no haya viabilidad. Aquí hay muchos años de esfuerzo.

Ahora que la bodega ha evolucionado, ¿qué crees que diría tu abuelo al verte?

A veces lo hablo con mi padre. Es verdad que él no acababa de entenderlo, como diciendo: “¿Por qué este niño no se quiere tanto la cooperativa como yo?”. Pero, a la vez, él notaba la ilusión y era muy cariñoso cuando veía que algo te gustaba. Entonces, creo que ahora estaría muy orgulloso de ver que gracias a las viñas que él plantó y cuidó, el negocio sigue adelante. Estoy seguro de que él lo ve y está contento.

¿Y tú lo estás?

Mira, tiene que venir un camión para llevarse varios palets de vino para Estados Unidos. Es fuerte. He normalizado que mi vino vaya fuera o que estés en una mesa y que esté tu vino. A veces he ido tan rápido que no he sabido valorarlo.

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