Elena de Carandini Raventós (Barcelona, 1975) pertenece a una de las grandes sagas del sector vitivinícola. Bisnieta de Manuel Raventós, fundador de Raimat, ha heredado el espíritu emprendedor de quien transformó, a principios del siglo XX, más de 3.000 hectáreas de terreno semidesértico en una de las mayores fincas vitivinícolas de Europa.
Elegida una de las 100 mujeres más influyentes de Cataluña en 2025 por la revista Forbes, la catalana preside la Fundación Comunitaria Raimat, que conecta personas, empresas e instituciones para impulsar proyectos transformadores en Raimat y en la provincia de Lleida.
Con empeño, trabajo y dedicación, valores que le ha inculcado su familia, De Carandini dirige este proyecto y mantiene vivo el legado de su bisabuelo, adaptándolo a los nuevos tiempos.
Ahora ha recuperado el castillo de Raymat, un impresionante edificio del siglo XII de origen árabe, para hacer un proyecto de turismo consciente e integrar la cultura y transformación territorial.

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Este castillo, junto con el terreno que le rodea, es el origen de Raimat y la semilla del legado familiar.
Inicialmente, fue una colonia agrícola y mi bisabuelo contrató a las personas para venir aquí, porque hacía cinco siglos que el pueblo había desaparecido. Él compró un desierto de 3.200 hectáreas con un castillo del siglo XII y un árbol. A partir de ahí, plantó un millón de árboles para regenerar el suelo y luego empezó a contratar profesionales de todo el país. Hoy en día, los bisnietos de los primeros pobladores de Raimat conservan sus tradiciones y hay una diversidad muy interesante. Recuerdo que mis abuelos y mis padres se iban a las viñas, y nosotros les seguíamos en bicicleta y nos íbamos empapando de todo lo que veíamos y nos contaban.
Si echa la vista atrás y piensa en esos años, ¿qué recuerdos le vienen a la cabeza relacionados con el vino y con Raimat?
¡Todos! Nada más nacer, como a cualquier Raventós, nos dan una cucharadita de cava. Esto no lo recuerdo, pero me lo confirman mis padres. Normalmente, lo hace la persona de más edad de la familia. Recuerdo que mi hija Gabriela se relamió cuando le dio mi abuela Tere la cucharadita. Lo primero que tomamos en nuestra familia es cava. Esto, inconscientemente, debe ser el primer recuerdo del vino que tengo.
Los viñedos del Castell de Raymat.CedidaEsa primera cucharadita de cava, ¿hizo que su paladar se hiciera más a esta bebida?
Entiendo que sí, porque me encanta el cava. Además, estuve trabajando en Napa Valley, en la bodega que tenemos en California, y allí hacíamos catas a ciegas semanales para valorar distintos vinos y cavas. A mí me utilizaban para el gusto europeo. Empecé puntuando mejor los vinos europeos, pero acabé valorando mejor algún producto nuestro americano.
Confíeseme sus preferencias vinícolas.
Me encantan los sparkling wines, es decir, los vinos espumosos de California. También los cavas y los vinos con uvas especiales en un territorio con unas condiciones climáticas tan singulares como las de Raimat, con días muy cálidos y noches frescas. Esto produce una uva maravillosa que se refleja en los vinos.
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Estos suelen asociarse con momentos especiales. ¿Qué tienen de diferente frente a otras bebidas?
En mi caso, el vino y el cava siempre están vinculados a una celebración. Pero es que en mi casa lo celebramos todo: una buena noticia, un esfuerzo extra en un examen o cualquier cosa. Cuando abro una botella de cava, no pienso solo en el vino; pienso en más de un siglo de esfuerzo colectivo. En el caso de Raimat, una comunidad maravillosa que ha trabajado desde 1914 para producir estos vinos.
¿Qué habría sentido su bisabuelo si pudiera ver hoy la evolución de aquel proyecto que él comenzó hace 112 años?
Habría dicho: “¡Menuda bisnieta innovadora que tengo!” (ríe). He recogido su legado, pero también aplico la innovación. Por ejemplo, mi bisabuelo hacía filantropía, pero de una forma muy discreta, como se hacía antes en Cataluña. Yo hago filantropía a través de la Fundación Comunitaria Raimat; el poder lo tiene la propia comunidad, no el patronato. El lema de una fundación comunitaria es: “Ama el lugar donde vives”. Con este lema, buscamos potenciar los activos de esa comunidad. En nuestro caso, lo hacemos a través de la cultura, la agroalimentación regenerativa y el talento. El castillo de Raymat también nos ayuda a potenciar esos activos. Es un proyecto de turismo consciente para quien quiera vivir la experiencia y valorar el territorio, con experiencias como el Raimat Arts Festival.
Hábleme del festival; en octubre celebrará su quinta edición.
Nace impulsado por la Fundación Comunitaria Raimat Lleida y está hermanado con el Festival de Napa Valley de California. Raimat Arts Festival tiene la ambición de poder ser el reflejo de todos los activos que tenemos en este territorio, es decir, la gastronomía, el vino, el paisaje, la música, el patrimonio histórico y las personas. Para mí, es un escaparate de todo lo bueno que tiene Lleida y nos permite mostrarlo al mundo. Es mucho más que un festival. Los artistas que participan están inspirando y emocionando a muchas personas de la comunidad, de zonas rurales... Me encantaría que Raimat y Lleida se convirtieran en un destino cultural interesante de festivales de música clásica. ¡Tiempo al tiempo!
Su familia transformó un territorio prácticamente desértico en una comunidad agrícola y vitivinícola. ¿Qué lecciones de liderazgo extrae de aquella aventura?
Los aprendizajes que he vivido en mi casa los aplico en mi día a día. Son ejemplos y lecciones de fortaleza, sobre todo de las mujeres. Aquí hay un tema claro de liderazgo femenino, que para mí ha sido una lección. Mi bisabuela Montserrat fue presidenta de Codorniu; mi tía Mar fue presidenta, mi madre, Ana Tere, vicepresidenta... En mi familia, las mujeres han llevado la batuta y han pisado fuerte. Se han formado muy bien, y ese es el ejemplo que me llevo. Fórmate bien, emprende, aprende mucho de lo que veas, sé humilde y ambiciosa a la vez.

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Con estos antecedentes familiares, ¿siente una presión añadida?
Al final, el nombre de la empresa, de 1551, es el de Anna de Codorniu. Ella era la propietaria de la bodega y se casó con un Raventós. El origen de nuestra empresa es femenino. Esto está muy integrado en mi vida. Por ello, tengo la responsabilidad de hacer algo interesante con este legado. No imaginaba que yo iba a comprar el castillo familiar, que es símbolo del emprendimiento de un visionario, acompañado de su mujer, que era igual o más visionaria aún.
Ese espíritu visionario y emprendedor ha hecho que su familia acumule una de las tradiciones vitivinícolas documentadas más largas de Europa, con raíces que se remontan a 1551. ¿Cómo se mantiene viva una herencia de más de cinco siglos?
Con la historia y el ejemplo. Creo que cada generación tiene la responsabilidad de pasar el legado a la siguiente, y aportar su granito de arena. Mi madre es una historia andante: conoce todas las anécdotas de la familia.
Explíqueme alguna que resuma el carácter de los Raventós.
Al final, la historia de mi familia implica sobriedad, amabilidad, discreción, trabajo duro... ¡Y sueños! Mis abuelos, recién casados, se fueron a vivir a Argentina y, además de fundar las bodegas Rondel, crearon un cultivo de champiñón. Esto fue un sueño que tuvieron y cultivaron el champiñón, con todas las dificultades que conllevaba. Mis abuelos dedicaron tanto tiempo a la empresa familiar como al mundo de la discapacidad intelectual, ya que su hija mayor, Begoña, tuvo una discapacidad del 90% y tuvieron que investigar muchísimo en toda Europa. A partir de ahí, crearon Fundación Boscana para cuidar a estas personas. Yo siempre llevo un broche-flor de la Fundación como símbolo de apoyo e inclusión.
Elena de Carandini: “Los valores clásicos de mi familia perduran”.CedidaUn gesto que representa algunos de sus valores. ¿Cuáles permanecen intactos desde los orígenes?
Los valores clásicos de la familia perduran: la generosidad, la empatía, el trabajo y la filantropía. En mi familia, siempre se ha considerado que, a los hijos que cada uno tuviera, había que sumar uno más: la filantropía. Es decir, si tienes 5 hijos, has de tener seis presupuestos. La intención es dedicar lo mismo a la caridad que a tus hijos. Esto lo tenemos grabado a sangre. Por ello, es importante todo lo que una persona pueda hacer por dar oportunidades y mantener tradiciones como lo de la cucharita de cava. Mi bisabuelo creía que el dinero no era lo mejor para la siguiente generación, y por eso decidió dejar trabajo. Compró esta finca, la dividió entre sus hijos y les dijo que, si querían vivir bien, trabajaran la finca. El valor del esfuerzo, la amabilidad y los detalles siempre han sido importantísimos.
¿Se ha perdido la cultura del esfuerzo?
Yo creo que no. Soy muy optimista en eso. Veo lo que se esfuerzan mis hijas y su círculo de amigos trabajando en la universidad, y no lo tienen nada fácil. Eso no quita que los padres debamos seguir exigiendo. Los de mi generación tenemos la responsabilidad de guiar a jóvenes para que descubran cuál es su talento. De esta manera, triunfarán.
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Quienes quieran dedicarse al campo, tienen por delante retos como la sostenibilidad, la regeneración del suelo y el relevo generacional. ¿Cómo los gestionáis desde Raimat?
El relevo generacional es uno de los retos en los que más trabajamos, y también con los jóvenes que tienen talento. Uno de nuestros objetivos es empoderar a futuros líderes de la comunidad para que puedan cambiar cosas y decidir cómo quieren vivir su vida. Tener un tejido social que te apoye es fundamental. Queremos que aquí haya oportunidades para que la gente no tenga que irse.
No sé si es una leyenda negra, pero siempre se ha dicho que hay rivalidad entre viticultores y bodegas.
Es más una leyenda negra que realidad. Mi experiencia de Napa me hizo ver el increíble intercambio de enólogos que hay entre bodegas. Allí te recibían con los brazos abiertos. En nuestro país, no es tanto así, pero yo tengo muy buena relación con familias bodegueras.
Es posible convertir sueños en realidad con gente buena cerca; es imposible conseguir lo que yo estoy haciendo sin un gran equipo ni familia apoyando
Hoy en día, cuando recorre los viñedos, ¿qué siente?
Pienso en mis abuelos y en la fortaleza que tenían. Siento que me protegen y me cuidan. Mi abuela Teresa, que era de Bilbao, iba por las montañas y los caseríos de su tierra a enseñar a escribir y leer en euskera a los niños y las personas de las aldeas. Para mí, esto es un referente mundial.
Si mira al futuro, ¿qué le gustaría que las próximas generaciones recordaran de esta historia familiar?
Que es posible convertir sueños en realidad con gente buena cerca. Es imposible conseguir lo que yo estoy haciendo sin un gran equipo y sin una familia que me apoya. Rodearse de buena gente es fundamental.
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