Anabel Domenech está nerviosa. “Es la primera vez que me entrevistan”, confiesa. Vive en Batea, en la Terra Alta, y es miércoles. Si fuera martes, jueves o viernes por la tarde, estaría trabajando en la Biblioteca Municipal Joaquim Català Lloret. El resto de la semana suele repartir su tiempo entre el Centre d’Interpretació Hospitals de Sang del pueblo y el Celler Batea, donde recibe las visitas. Hoy es miércoles y está nerviosa.
Su familia está vinculada a la bodega cooperativa del pueblo desde que se fundó, en 1961. Su abuelo recibió 25 pesetas de su suegra para hacerse socio y un aviso. El año anterior, un comerciante se había negado a comprar la uva de la familia porque una parte estaba dañada por el granizo y tuvieron que tirarla toda. “Apúntate a la cooperativa, y que lo que nos pasó el año pasado no vuelva a pasar nunca más”, le dijo. Él pagó, se convirtió en el socio fundador número 3 y se marchó deprisa: ese día jugaba el Barça.
“La cooperativa supuso un gran desahogo —recuerda Anabel— porque los socios tenían asegurada la venta de la uva. Además, tenían una posición más fuerte para negociar ante los comerciantes”. Pero 25 pesetas para hacerse socio eran mucho dinero para una sola familia. Habían pasado la Guerra Civil, la Segunda Guerra Mundial y estaban en plena dictadura franquista, una época de precariedad. Además, quedaban otras heridas.

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Algunas desavenencias entre vecinos provocadas por la Guerra Civil todavía seguían abiertas en la comarca. “Después de lo que pasó, las enemistades entre vecinos aún eran muy candentes”, recuerda Domenech. Esto ayuda a entender por qué Celler Batea no se fundó hasta 1961, lejos ya del auge cooperativista de principios del siglo XX. Las dos cooperativas que había tenido anteriormente Batea fueron desmanteladas en 1944. Tuvieron que pasar 17 años hasta que un grupo de campesinos volvió a pensar que unirse podía darles más fuerza para ganarse la vida.
Los socios de la cooperativa Sant Miquel tuvieron que poner también la mano de obra, entre ellos sus dos abuelos. Su bisabuelo paterno, que era albañil, dirigió la construcción. “En Batea hubo familias enteras trabajando para llegar a todo. Los hombres construían la cooperativa sin dejar los viñedos; y las mujeres seguían en el campo, con los críos, la comida y la casa”. Y no había tractores ni coches. Solo carros y mulas.
Anabel Domenech: ””.CedidaEn la primera vendimia, con el terreno ya comprado, los socios habían conseguido levantar las paredes del edificio y construir 45 depósitos de cemento subterráneos. Pero todavía no habían terminado el tejado. Aun así, decidieron empezar a entrar la uva. Un aguacero inundó la bodega. Ese primer año tuvieron que tirar todo el vino. “No perdieron la esperanza. ¡Qué remedio! Era lo que tocaba”, recuerda Anabel.
Hoy en día sus abuelos no se creerían cómo ha crecido el Celler Batea. Ni tampoco que haya gente de Barcelona que haga dos horas y media en coche y pague para conocer su historia en una visita guiada. Anabel tampoco habría imaginado cuánto acabaría apasionándole el mundo del vino. Creció con un padre constructor y una madre costurera que, aunque no tenían viñedos propios, ayudaban a la familia durante la vendimia. “Yo siempre decía: ‘Nunca me casaré con un campesino, nunca’”.
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A pesar de todo, Anabel y Pere se casaron. Pere Rams es campesino, historiador y arqueólogo. O sea, lo mismo pasa el tractor entre viñedos que desentierra un ánfora. Anabel se diplomó en Turismo en Tarragona, donde ambos cursaron sus carreras. “Después de estudiar volvimos al pueblo. No queríamos vivir en la gran ciudad”.
Durante una época ella trabajó en las oficinas de turismo de Horta de Sant Joan y Gandesa. Después, por motivos familiares, lo dejó y años más tarde empezó como bibliotecaria. Pere Rams compagina la investigación y la dirección de excavaciones con la recuperación de espacios históricos, sin dejar de trabajar las tierras de su familia. Esa combinación entre patrimonio, territorio y vida rural acabaría acercando a Anabel al enoturismo. De algún modo, devolviéndola a la historia de la bodega y de sus abuelos.
Los abuelos y tíos de Anabel Domenech, en los inicios de la cooperativa.CedidaDespués de la pandemia, el nuevo gerente de la bodega, Miguel Sancho, propuso a Anabel que abriera la bodega a las visitas. Hasta entonces, cuando recibían algún cliente, eran los propios trabajadores o las enólogas quienes enseñaban la bodega y ofrecían una degustación, pero no había una visita guiada estructurada. En Batea, bodegas como Altavins o Celler Piñol ya hacían visitas de enoturismo. Anabel fue muy clara en su respuesta: “Yo vengo del mundo del turismo, no del vino”.
Durante los primeros meses empezó con visitas guiadas y catas de vino. “Hasta entonces bebía una copa y me gustaba o no me gustaba, pero no veía todo lo que había detrás: el esfuerzo de los campesinos, los trabajadores de la bodega, los enólogos… Una copa te habla de cultura y de territorio”. En estos cinco años ha descubierto un mundo que, según reconoce, no imaginaba que pudiera llegar a apasionarle tanto.

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Hoy en día, el Celler Batea ofrece visitas que combinan vino, gastronomía y patrimonio. La actividad enoturística con comida en el restaurante Miravall de Batea fue reconocida como mejor experiencia enogastronómica en los Premis Vinari 2024. Y las visitas al Castell d’Algars de Batea o al Fort de Millet de Caseres, un complejo defensivo de la Guerra Civil, permiten descubrir parte del patrimonio de la Terra Alta a través del vino.
Hay visitantes que llegan a Batea buscando la historia que sus propios antepasados no quisieron o no pudieron contarles sobre lo que vivieron durante la Batalla del Ebro. En Batea hubo hospitales de sangre y el pueblo tuvo un importante papel médico durante aquella batalla. “Hay visitas que se emocionan y, a veces, también a mí me emocionan”, asegura Anabel.
Interior del celler de Beata, en la Terra Alta.CedidaElla explica Batea y la Terra Alta a visitantes que llegan atraídos por el vino, la historia o la memoria familiar. Lo hace en un pueblo que todavía vive más pendiente del campo que del turismo. “Solo del enoturismo no se puede vivir”, admite. Ella compagina las visitas con la biblioteca; Pere, los viñedos con la arqueología. Batea tiene cerca de 30 bodegas y un casco histórico medieval muy bien conservado, pero no siempre es fácil encontrar dónde cenar o dormir.
Al final de la conversación ya no está tan nerviosa. Aunque todavía duda de que su propia historia merezca un artículo: “Si al final no se publica porque te dicen que no tiene interés, no me enfado”.
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