La IGP Vedella dels Pirineus Catalans se ha quedado sin carne catalana. Actualmente no existe ningún operador que certifique producto bajo este sello en Catalunya y toda la producción procede del otro lado de la frontera, de diversos municipios de los Pirineos orientales franceses. Una situación peculiar para una indicación geográfica que nació precisamente para distinguir la carne vinculada a las zonas pirenaicas y prepirenaicas de ambos territorios.
No es, sin embargo, porque haya desaparecido la ganadería en el Pirineo catalán. Solo la Federació Catalana de la Raça Bruna dels Pirineus reúne actualmente a 286 ganaderos y entre 13.000 y 14.000 vacas adultas, distribuidas mayoritariamente por las comarcas pirenaicas. La Bruna dels Pirineus, una de las razas mayoritarias en la ganadería de montaña del Pirineo catalán, es además una de las admitidas por la IGP. El problema es que ya no queda ningún operador catalán dentro del sello.
La Vedella dels Pirineus Catalans es la primera IGP transfronteriza del Estado y abarca todo el territorio de diez comarcas (Alta Ribagorça, Alt Urgell, Berguedà, Cerdanya, Garrotxa, Pallars Jussà, Pallars Sobirà, Solsonès, Ripollès y Vall d'Aran), además de determinados municipios de otras cinco y de la vertiente francesa del Pirineo. Según los datos facilitados por el Departament d'Agricultura, Ramaderia, Pesca i Alimentació, en 2025 constaban 55 productores adheridos en Francia, de los cuales 30 certificaron carne. En Catalunya, en cambio, el cierre de Mafriseu, hasta entonces único operador de la IGP, dejó el distintivo sin actividad.
¿Cómo se ha llegado hasta aquí? No existe una única respuesta. Fuentes del Departament d'Agricultura apuntan a diversos factores relacionados con la evolución del sector ganadero y del mercado, entre ellos “la disponibilidad de animales que cumplan los requisitos de la IGP, el relevo generacional, el incremento de los costes de producción, las condiciones climáticas y la necesidad de ampliar la presencia del producto en el mercado”. Ganaderos y antiguos operadores consultados añaden otros: unas condiciones que consideran difíciles de adaptar a la realidad de algunas explotaciones del Pirineo, costes de certificación, burocracia y un retorno económico insuficiente.
Vacas pastando en Sant Miquel de Castelló.Josep SoldevilaEl cierre que dejó a la IGP sin operador
Durante años, Mafriseu, la empresa de Domènech Estany en La Seu d'Urgell, fue el único operador de la IGP en Cataluña. Disponía de matadero, salas de despiece, cámaras de maduración y capacidad para elaborar y comercializar la carne. A finales de 2025, cuando Estany se jubiló, cerró la empresa después de buscar sin éxito a alguien que tomara el relevo.
Las instalaciones continúan prácticamente intactas. “Por si aparecía alguien, lo hemos dejado todo como estaba”, explicaba Estany pocos meses después del cierre. Pero nadie ha dado el paso. El caso pone de manifiesto un problema que afecta a buena parte de la ganadería extensiva: para que exista producto de proximidad no basta con criar animales cerca. También hacen falta mataderos, salas de despiece, distribución y estructuras comerciales capaces de hacer llegar esa carne al consumidor.
Uno de los requisitos que más críticas suscita entre los ganaderos consultados es la edad de sacrificio. El pliego de la IGP establece que los animales deben sacrificarse antes de cumplir los doce meses, un límite que, según Martí Orriols, gerente de la Federació Catalana de la Raça Bruna dels Pirineus y ganadero en el Berguedà, encaja mal con el modelo de cría de muchas explotaciones de montaña.
“Los animales de pasto nunca los sacrificas con menos de doce meses”, explica. Según Orriols, una hembra puede alcanzar un estado óptimo entre los 12 y los 14 meses, mientras que en los machos puede situarse entre los 14 y los 16. En explotaciones donde los terneros permanecen con sus madres y aprovechan los pastos de montaña, llegar al grado de acabado deseado antes de cumplir un año resulta complicado. Por este motivo, “algunos ganaderos de la Federació estuvieron vinculados a la IGP y terminaron abandonándola”, asegura Orriols.
Certificarse supone controles, trámites y costes que, según Orriols, no siempre se compensan con un precio superior de venta
Coincide con él uno de los antiguos productores adscritos a la IGP que prefiere no dar su nombre. “Me obligaban a sacrificar machos que consideraba demasiado pequeños y con las hembras, aunque menos, el margen era también muy justo”. Pero este no era el único escollo: “Había muchos controles externos, requisitos absurdos y una burocracia añadida excesiva para un pequeño ganadero: más contras que pros”.
Al condicionante productivo se añade el económico. Certificarse supone controles, trámites y costes que, según Orriols, no siempre se compensan con un precio superior de venta. “Puedes aguantar un año por convencimiento, pero al final tienen que salir los números”, señala. La propia Federació comercializa actualmente carne de Bruna dels Pirineus fuera de la IGP con un sistema propio de garantía y trazabilidad que incluye análisis de ADN. Según Orriols, este modelo les permite trabajar sin determinados costes añadidos de certificación y con precios fijados durante periodos de seis meses.
Al otro lado de la frontera
La pregunta inevitable es por qué la producción continúa en Francia. Una de las explicaciones puede encontrarse en las características de la producción. Allí se produce la Rosée des Pyrénées, carne de terneros muy jóvenes que todavía maman y se sacrifican sin destetar entre los cinco y los ocho meses, un sistema que encaja mejor con los límites de edad establecidos por el pliego.
Los datos trasladados al Departament d'Agricultura por los responsables franceses muestran, efectivamente, que la IGP mantiene actividad al norte de la frontera. Para la campaña de 2025 constaban 55 productores adheridos, de los cuales 30 certificaron carne. En este sentido, Estany lamenta que “los productores franceses hayan sabido valorar y mantener mejor este distintivo”.
El Departament d'Agricultura asegura, por su parte, que trabaja conjuntamente con potenciales nuevos operadores, el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación y los representantes franceses para reactivar y reforzar la IGP. Las principales líneas de trabajo se centran, según fuentes del Departament, “en la incorporación de nuevos operadores y en la revisión del pliego de condiciones para facilitar el desarrollo de la IGP e incrementar su atractivo”, manteniendo al mismo tiempo los requisitos esenciales que garantizan “su identidad, calidad y diferenciación”.
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Por el momento, el Departament confirma que se estudia modificar requisitos relativos a la alimentación de los animales. “A raíz de los efectos del cambio climático, se plantea introducir cambios en el pienso”, explican fuentes de Agricultura. Entre los productores catalanes, sin embargo, la edad continúa apareciendo como uno de los principales escollos.
Que actualmente no se certifique en Catalunya ninguna carne bajo la IGP Vedella dels Pirineus Catalans resulta especialmente llamativo en un momento en que el producto de proximidad, las razas autóctonas y los alimentos vinculados al territorio tienen una presencia cada vez mayor en campañas institucionales y estrategias de promoción alimentaria. Por este motivo, después de años reivindicando la importancia de identificar y consumir aquello que se produce cerca, la IGP se enfrenta ahora al reto de conseguir que vuelva a haber carne certificada también en los Pirineos catalanes.
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