No es fácil dar forma a una propuesta capaz de sobreponerse a su propio legado y, sin embargo, el cocinero Javier Farpón ha sabido hacerlo en esta segunda vida del restaurante que lleva su nombre.
Javier es un viejo conocido de la cocina asturiana que, tras pasar por restaurantes como Casa Marcial, Auga o Regueiro, abría hace unos años un primer Casa Farpón en Mamorana, una aldea de Pola de Lena, con el que logró hacerse un nombre, pero que quizás se adelantó a su tiempo. Hoy Asturias tiene una de sus grandes bazas gastronómicas en pequeños restaurantes distribuídos por ámbitos rurales -Alenda, Regueiro, Bar Blanco, Monte, Pedro Martino, Ferpel, La Raíz 15 y tantos otros- pero una década atrás las cosas no eran iguales en ese sentido.
Hace tres años, Javier se hacía con El Asador de Abel, un clásico a medio camino entre Oviedo y Siero, tras la jubilación de su propietario, Abel Terente. La transición fue tranquila y el local mantuvo los dos nombres durante los dos primeros años. Fue entonces cuando, sin renunciar a ese legado, Farpón cerró un ciclo, quedándose solamente con el Casa Farpón que retomaba su propia historia y que ponía fin, simbólicamente a esa transición.
Tampoco parece sencillo adaptar un asador clásico, uno de esos lugares que aparecen ocasionalmente en zonas industriales, con una clientela fiel, pero por lo general de corte conservador y poco amiga de evoluciones, y hacerlo, además, acercando el formato, en cierto sentido, al de los asadores vascos. Es fácil perder identidad en el proceso o, al menos, dejarse llevar por lo seguro y no cambiar nada.
Javier Farpón sirviendo un roastbeef CedidasCasa Farpón ha sabido navegar en esas aguas, no alterar demasiado las cosas, pero sí lo suficiente como para que la personalidad del cocinero esté bien presente; evolucionar desde el formato del viejo asador, sin perder de vista el entorno ni sus características, pero sin renunciar tampoco a actualizarlo en cierta medida; entendiendo lo que es y hasta dónde se puede llevar. Ahí es donde nace este segundo Casa Farpón, convertido hoy en uno de los grandes asadores contemporáneos asturianos.
Las carnes siguen mandando, aunque la oferta se ha ampliado con pescados y con otras propuestas
El ambiente sigue siendo, en esencia, el de siempre, el de un asador tradicional, con la brasa a la vista y un ambiente que se aleja de rigideces que no tendrían sentido aquí. Las carnes siguen mandando, aunque la oferta se ha ampliado con pescados y con otras propuestas. Y el equipo se ha enriquecido con el fichaje de Juan Luís García, uno de los sumilleres más sólidos y más reconocidos de España que, tras doce años en Casa Marcial, reparte aquí el juego, recomienda, propone y hace que cada comensal se sienta en casa.
Tortilla de bacalao guisado con puerro, su pilpil y piparras CedidasEmpanada de carne, para empezar, sabrosa y ligera. Salchichón de venado y ciervo y una crema fresca de puerro a la brasa antes que llegue la croqueta cremosa de jamón, una de las mejores dentro de esa escuela asturiana en la que el nivel es realmente alto. Javier ha pasado por algunas de las casas que mejores croquetas elaboran y las ha traído a su terreno: cremosas, pero sin llegar a desmoronarse, plenas de sabor y de rebozado fino. De alguna manera encierran la filosofía de la casa: no son necesarios alardes para hacer una gran cocina. Es suficiente con pulir, con ajustar y con refinar sabores y elaboraciones de la memoria.
Molleja de corazón a la brasa. La parrilla es una de las grandes protagonistas de la oferta de esta casa, pero no se limita a chuletones y a cortes nobles, sino que explora también pescados de temporada o, como en este caso, casquería. Y lo hace bordando el punto: toque justo de fuego, de ahumado, en el exterior sin que la pieza se endurezca. Jalapeño, cebolla encurtida y chimichurri para aportar acidez, complementar y aligerar. El menú no es largo, pero sí intenso.
Tortilla de bacalao guisado con puerro. Uno de esos momentos en los que el menú mira más al cánon vasco y, en cualquier caso, una de esas especialidades por las que vale la pena acercarse hasta aquí. La tortilla, bailona, se napa con una dosis generosa de pilpil coronado con piparra y ajo tostado. Untuosidad y potencia, sí, pero elegantes, matizadas por el torrefacto del ajo, por el ácido de la piparra. De esto hablaba al principio: un clásico de asador, pero bien medido, complementado con sencillez, sin alardes, pero con mucho sentido.
Molleja a la brasa Jorge GuitiánAlbóndiga de falda de vaca, jugosa e intensa. Mientras tanto, Juan Luís va proponiendo: de Sanlúcar -con la estupenda manzanilla pasada de De La Riva- a la Rioja Alavesa o a Côtes du Rhône. Disfruta haciendo disfrutar, entiende al comensal y sabe cómo llevarlo siempre un poquito más allá de lo que este espera. Con razón es uno de los grandes sumilleres del panorama actual.
Chuleta a continuación, de frisona, con una maduración ligera, 30 días. Pablo García Ruiz, el maestro asador, domina las brasas. El punto es perfecto, respeta el sabor de la carne y lo matiza, lo acompaña sin disfrazarlo con el toque justo de humo y de maillard. En palabras de Javier Farpón, lo que busca esta casa es volver a la pureza del producto. Y en ese sentido, volver a la brasa es volver al origen, a la ausencia de adornos innecesarios, al trabajo de selección y de asado sin disfraces y sin excusas. Es entender que en ocasiones menos es más, un ejercicio de valentía que aquí resuelven con tanta precisión como falta complicaciones.
Juan Luís García y su carro de quesos CedidasSoufflé Alaska. Un guiño a los clásicos, para terminar, en una zona que, de la mano del Peñasanta, uno de esos dulces de restaurante clásicos en Asturias, esta elaboración tiene un sentido especial. Helado artesano, de Heladería Revuelta, en Llanes -otro de esos pequeños detalles, como el buen Pan de Ibias, que denotan un cuidado extra, que marcan la diferencia sin necesidad de alardes- bizcocho, macedonia…
Y vuelve el sumiller a la mesa con una de esas sonrisas casi tímidas, que anuncian sorpresas. Bodegas Moreno, de Montilla-Moriles, cerrada en 2015; Pedro Ximénez Una Vida, para acompañar al postre. Y de algún modo es como darle un sorbo al pasado y encaja, al mismo tiempo, con un dulce atemporal, como este, explicando de una manera muy clara por qué el tándem Farpón-García funciona tan bien y cuál es el punto fuerte del restaurante.
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Casa Farpón ha sabido leer su legado, pero también el momento. Es un restaurante, ante todo, versátil, perfecto para una comida de negocios o una reunión familiar, pero también para quien quiere llegar, compartir raciones servidas al centro y mantener un ticket ajustado o para quien decide dejarse llevar, explorar el producto y la carta de vinos y disfrutar sin cortapisas. Para todos ellos hay una opción que no se disfraza, que se basa en una cocina directa, en la que el producto manda, capaz de asturianizar una propuesta que solemos relacionar con la tradición vasca y hacerlo con naturalidad, logrando que todo encaje, y convirtiéndose, con ello, en el gran asador asturiano, en ese lugar que no pretende más que cocinar bien, hacer que cada cliente, sea del tipo que sea, disfrute y convertir la sencillez -muy alejada aquí de simplicidad- en su referencia.
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