Es curioso, lo de Castelló, reconocida como una provincia con una despensa privilegiada, condicionada por la proximidad de la sierra a la costa, y con un legado culinario tan potente como bien preservado, su presencia en guías gastronómicas, al menos si hablamos de la capital, no parece haber estado históricamente a ese mismo nivel.
Aún hoy no hay ningún restaurante con Estrella otorgada por la Guía Michelin en la ciudad, ni en unos 30 kilómetros a la redonda, y solamente hay uno que la Guía Repsol reconozca con un Sol. Pero esta situación, lejos de convertirse en un lastre, supone una oportunidad. Lo es, en términos de visibilidad, para quien decida apostar por esta ciudad para desarrollar un proyecto propio, ya que no tendrá que sobreponerse a la sombra que con frecuencia proyectan los restaurantes consolidados sobre los más nuevos; lo es porque esto ha permitido que la cocina tradicional ocupe un lugar en el imaginario local más intenso, quizás, que en otros lugares. Y lo es, también, porque plantea unas perspectivas de futuro de crecimiento en cuanto a proyección de imagen.
Sepia a la brasa con judías verdes, albahaca y almendraJorge GuitiánEsto es algo que Pedro Salas y Bea Villalba parecen tener claro ya desde el momento en el que, en el año 2022, pusieron en marcha su restaurante, Arre, en uno de los edificios más antiguos de la ciudad, un horno del S.XIV que, más que una ubicación da la sensación de ser una declaración de intenciones: aquí hay un restaurante, pero hay también historia, un vínculo con el legado productivo de la ciudad y una manera de entender lo gastronómico desde lo local. Desde el nombre, Arre, un guiño a los arrieros y al ir y venir de productos que estos propiciaron, la intención es clara.
Pedro Salas y Bea Villalba han convertido un edificio histórico de Castelló en el escenario de una cocina que mira al mar y a la sierra sin renunciar a sus raíces
En este espacio, en el que estuvo el histórico Forn del Canyalet, encontraron el lugar perfecto para desarrollar su propuesta. Tras haber pasado por restaurantes como El Celler de Can Roca y haber encabezado proyectos como el de Aqua, ya en la ciudad, Pedro se pone aquí al frente de la cocina, junto con Gabriel Bravo y Pere Sos. Bea, por su parte, es la encargada de dirigir una sala de ambiente cálido y marcada por algunos elementos arquitectónicos: los arcos medievales, bajo los que se disponen algunas mesas; el horno, el más antiguo de la ciudad, en uno de los muros.
En este entorno es en el que han ido dando forma en estos casi cinco años a una cocina que mira a su alrededor y que es capaz de ir más allá de los tópicos, de lo que el cliente espera, para conformar menús que miran al mar y a la sierra al mismo tiempo y que no olvidan la tradición culinaria popular, que tiene aquí un papel esencial, como ponen de manifiesto las mesas, en cuyo centro se han dispuesto un espacio para brasas y sobre las cuales hay extractores, para que cada comensal pueda, si quiere, prepararse la tradicional torrá, uno de los pilares de la oferta de la casa, al gusto.
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Pulpo a la jarraCedidas por el restaurantePero aunque la torrá tenga aquí un papel esencial, la oferta va más allá, logrando combinar la convivialidad que suscita el asado de carnes con menús de otro enfoque, que invitan a una atmósfera más pausada y a explorar una gastronomía que, más allá de unos pocos tópicos, sigue siendo una gran desconocida para quienes llegamos de fuera.
El menú comienza con una serie de bocados, aperitivos que llegan a la mesa a la vez, de corte quizás más actual que el resto del recorrido: gilda de corvina marinada en limón, gazpacho de tomate amarillo, croquetas de cordero desmechado y cebolla encurtida… bocados sabrosos, a medio camino entre los snacks más propios del fine dining y una cocina de comer con las manos, de buñuelos, croquetas y bocados de barra. Gazpacho de remolacha, melocotón, caballa conservada en aceite y blanquet sopleteado. El pescado y el embutido aportan potencia, contraste sobre una base que quizás agradecería un punto más de ácido, un elemento que le restase algo de dulce. Interesante mar y huerta, en todo caso.
La torrà, el pulpo a la jarra y los guisos tradicionales conviven con una cocina creativa que reivindica el patrimonio gastronómico de Castelló
Sepia a la brasa y judías verdes, de nuevo huerta y mar. Albahaca y almendra para ligar elementos. Es muy apetecible el contraste de texturas de los dos productos principales, el matiz vegetal y fresco -aquí sí- de la aromática, la untuosidad del fruto seco que lo envuelve todo sin disfrazar a la sepia.
Llega, a continuación, el que se convierte en plato estrella de la noche: pulpo a la jarra, un pulpo de patas largas de El Grao que se cuece en olla de barro sellada con masa de pan, en su jugo junto a patatas. No hace falta más. El aroma es intenso, el pulpo es sabroso, no está cocinado en exceso y su sabor, potenciado por la técnica de cocción, es profundo. Me sirvo más, al terminar. Y aún, luego, pido una cuchara para el caldo. Qué delicia.
Caracoles con caracolesCedidas por el restauranteCaracoles y caracoles. El nombre desconcierta, pero se trata de un plato de pasta -lumaconi- con caracoles en guiso tradicional, con jamón, con hierbas, y terminado con queso al romero. Intensidad, de nuevo, y esa mirada desenfadada a la tradición que sabe cuándo parar y cuándo no está de más un punto de desenfado para dar forma a un plato personal, capaz de representar una forma de entender la cocina, con respeto al legado pero sin corsés.
Costillar de jabalí, para terminar el recorrido salado, con un jugo de asado con setas y vegetales y puré de coliflor tostada, un plato amable y gustos que se inspira en el otoño en las sierras cercanas.
Queso de cabra con crema de calabaza especiada, gustoso, con los matices aromáticos contrastando con el dulce de calabaza y suavizando la acidez del queso; Cacaus i tramussos, cacahuetes y altramuces, un postre que surge de la tradición de acompañar el vino con estos dos productos y que se convierte en un juego de texturas sobre sabores terrosos que emplea el chocolate para ensamblar los amargos del altramuz y los torrefactos del cacahuete. Y la sensación de que hay, de fondo y de principio a fin, un hilo conductor, una mirada actual a la memoria del paladar local, un enfoque que no renuncia a guiños aquí y allá que complementan sin traicionar y, sobre todo, una cocina que es consciente de que se mueve en una gama de precios contenidos y, pese a ello, no renuncia a proponer, a reimaginar y llevarse los sabores de siempre a su terreno.
Arre es uno de esos restaurantes que cualquiera querría tener cerca. En su barrio, en su localidad; uno de esos negocios a los que volver, en los que dejarse llevar para explorar el registro gustativo local, en los que los platos son pretextos para explicar un producto, una receta antigua o la producción de una localidad del entorno; uno de esos restaurantes en los que se cocina con gusto, sin miedo, y en los que la tradición, lejos de ser una atadura, se convierte en un trampolín.
Arre
Tipo de comida
Dirección
Antonio Maura, 31. Castelló de la Plana, Castelló
964 18 36 91
www.arrerestaurant.com Mostrar comentarios