“Mucha gente me pregunta si sentí presión para dedicarme a esto, pero no fue así. Desde pequeño me he ido aficionando y ahora es una pasión”. Ese vínculo con la tierra y con la historia familiar comenzó mucho antes de que Biel Bartra Vidal, campesino y enólogo, decidiera convertirlo en su forma de vida. En Sant Pere de Ribes, la familia Bartra i Roig lleva 17 generaciones cultivando de manera ecológica las mismas tierras alrededor de la masía La Serra.
Esta finca, en pleno Massís del Garraf y presidida por una torre de guaita del siglo XII, es el escenario donde creció Biel, entre viñedos, juegos infantiles y reuniones familiares. Al terminar los estudios obligatorios y un bachillerato científico, surgió la oportunidad de ir a los Estados Unidos. Estuvo en Oregón, California y Nueva York hasta que decidió volver a casa para dedicarse al negocio familiar, la bodega Vega de Ribes.
Ahora es el último (de momento) de esta saga que lleva siglos buscando transmitir sus raíces a través del vino. Eso sí, aunque ha heredado una forma de entender las viñas, Biel es muy consciente de que no se trata de un paisaje inmóvil. La sequía, el cambio climático y los nuevos hábitos de consumo le han obligado a adaptar los procesos, replantearse qué variedades plantar y qué vinos van en consonancia con la tierra y la historia que les rodea.

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Sin ir más lejos, con esa idea en mente, recuperaron la malvasía de Sitges, una uva autóctona de crecimiento lento que, con la llegada de la filoxera y nuevos tipos, estuvo a punto de desaparecer. No fue un proceso fácil, ya que esta clase de sustitución de cepas supone esperar seis o siete años hasta que se encuentra en condiciones óptimas y la vendimia comienza a dar sus frutos. Sin embargo, fue la apuesta acertada, ya que hoy se ha convertido en una de las señas de identidad de Vega de Ribes.
Acompañado de su padre y su primo, Bartra cultiva las 35 hectáreas y elabora sus vinos con las mismas ganas e ilusión de quienes le precedieron y con el deseo de que quienes vengan después puedan seguir encontrando la misma esencia.
La masía La Serra, en Sant Pere de RibesMarc Castellet¿Tienes recuerdos de la finca cuando eras pequeño?
Sí, aquí es donde ha vivido siempre la familia. Mi padre también tuvo la oportunidad de ir a Estados Unidos y se marcharon un par de años. De hecho, una hermana mía nació allí. Pero eso fue antes de que yo naciera, por lo que todos los recuerdos que tengo son de esta masía, con mis abuelos, mis padres y hermanos. Además, era muy especial porque siempre venía todo el mundo a ayudar, trabajar o a pasar el fin de semana. El jardín de la casa son las viñas, los algarrobos y los almendros.
¿Por qué Vega de Ribes ha apostado por el cultivo ecológico y por integrar la viña con otros cultivos y la ganadería?
Tengo la gran suerte de que, cuando empecé como joven agricultor y me tocó asumir un poco el rol de jefe, en casa, al ser de los primeros en Catalunya en estar inscritos en el Consell Català de la Producció Agrària Ecològica (CCPAE), ya habían apostado por ello. Por tanto, como no he tenido que hacer ese paso previo, para mí ha sido muy sencillo continuar con las prácticas de la producción ecológica.
La masía era muy especial porque siempre venía todo el mundo a ayudar, trabajar o a pasar el fin de semana.
¿Qué has aprendido de las generaciones anteriores que todavía aplicas hoy? ¿Y qué habéis incorporado?
Mi padre y su primo fueron muy atrevidos al decidir hacer los vinos ecológicos y, por eso, he seguido haciéndolo. Por ejemplo, lo más básico que me han inculcado desde pequeño es que hay que respetar la tierra. Normalmente, si tú respetas la tierra, ella te respetará a ti. Nosotros intentamos hacerlo. Sin embargo, hay cosas, como una climatología diferente o las demandas de mercado que estoy viviendo, que nos llevan a tener que adaptarnos cada día.
Decidisteis plantar la malvasía de Sitges. ¿Cuál es vuestra historia con esta variedad?
Estaba a punto de desaparecer y se recuperó en el Bon Hospital de Sitges, una pequeña bodega de la localidad, el Centro de Interpretación de la Malvasia (CIM) y mi padre. Él fue el que apostó muy fuerte por esta opción. Yo no lo tenía tan claro cuando volví de Estados Unidos porque veía que era una especie que maduraba más tarde, que había que podarla de otra manera y era muy diferente a lo que conocíamos. Para mí no tenía mucho sentido y pensaba que perdía un poco el tiempo con ella.
La bodega Vega de Ribes es un proyecto familiar que se remonta a 17 generacionesJARC / Red Peppers Agency / Carlos Rodríguez¿Qué te hizo cambiar de opinión como para querer apostar por ella?
Es una viña un poco puñetera, pero una vez entras en la bodega da mucho juego. Es una maravilla porque es de las que te permiten hacer más productos, diferentes, gastronómicos, llenos y complejos. Esto a la hora de venderla funciona muy bien. Para mí es lo básico, que tiene mucho potencial. Por eso propuse plantar hileras enteras de esto, aunque sea más laborioso. Merecía la pena apostar por esta variedad con rasgos tan diferenciales. Y creo que hemos acertado porque la gente nos conoce por ella. Antes éramos dos o tres bodegas en toda Catalunya y ahora debemos de ser unas 70 u 80 las que tenemos malvasía.
¿Cuáles han sido los principales retos para sacar adelante este negocio?
Principalmente, que somos un proyecto familiar. Es cierto que en superficie es bastante, ya que tenemos unas 35 hectáreas de viña, unas 15 de algarrobos, algunos olivos y almendros y algún campo de cereales, pero es una iniciativa pequeña. Conlleva un volumen de trabajo importante para el cual, como contratados fijos, solo estamos un primo de mi padre y yo. El resto de las épocas, contratamos a gente, pero normalmente somos dos. Esto supone que no nos queda otra que ser lo más eficientes posible, de manera muy ajustada. De hecho, es muy común que no salgan las cuentas y tengas que abandonar. Yo no quiero que me pase eso después de todo lo que hemos logrado.

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El día a día tampoco es fácil, ¿no?
Cada vez es más complejo porque antes podías parar un mes y medio para la vendimia, mientras que ahora todo se ha acortado. Cada vez hay que dedicar un período más corto, lo que lo hace mucho más intenso. También ahora hay menos gente. Si conoces a 100 personas, seguramente a ninguna le apetece trabajar en la viña. Y, además, el sector tampoco puede pagar lo justo. Entonces, claro, si es un trabajo duro, no se paga bien y la gente no tiene interés, es muy difícil conseguir ayuda. A la vez, por complicado que sea, es nuestra tierra. No podemos dejarla. Hemos de seguir adelante.
¿El cambio climático se suma a estas dificultades?
Muchísimo. Cada vez llueve menos y peor. Encadenas años de mucha sequía, que acaba matando a las cepas. Hay mucha gente que no lo había visto nunca. La vid es un cultivo de secano, que con poca agua sobrevive, relativamente, pero las sequías de los últimos años han provocado que muchas de ellas no levanten cabeza. Ni lo harán. Además, si te planteas arrancarlas y plantar nuevas, pasará lo que hemos dicho antes, tendrás que esperar unos años, volver a plantar y esperar aún más hasta que puedas tener una cosecha óptima.
¿Qué tenéis en cuenta a la hora de diseñar vuestros vinos?
Aparte de la calidad, intentar diferenciarte y representar tu casa, tu clima y tu zona. Nosotros intentamos hacer vinos que reflejen el Garraf, la malvasía de Sitges y la mineralización y salinidad de estar al lado del mar. Se trata de mostrar tu identidad a través de tus vinos. Para ello, también es importantísimo el trabajo de la gente que se dedica a crear las etiquetas y el marketing. Al final, es lo que los clientes veis en el supermercado, en el restaurante o en la estantería de una tienda de vinos.
¿Cómo habéis conseguido que un producto tan ligado al territorio encuentre su sitio tanto en restaurantes de proximidad como en el mercado internacional?
Para empezar, no sé si decir triste o alegremente, estamos obligados a exportar. Después, tanto en Catalunya como en España y Europa, el mercado está saturado de vino, lo que hace que sea muy difícil diferenciarte. Por eso, tienes que optar por elementos que sean originales. En nuestro caso, la malvasía de Sitges y el intento de plasmar las características de la zona llaman la atención. Por ejemplo, si vas a Estados Unidos y les explicas esto, eres diferente porque no conocen esta variedad. Para ellos es algo nuevo, que les puede interesar o no, pero partes de ahí. Y luego tienes el trabajo de picar piedra con restaurantes, comerciantes y distribuidores. Cada país tiene los suyos y sus propias complicaciones, pero todavía los hay que tienen interés en proyectos pequeños que intentan ser respetuosos con lo que hacen y quieren potenciarlo.
Cada vez es más complejo porque antes podías parar un mes y medio para la vendimia, mientras que ahora todo se ha acortado
¿Qué significa para ti trabajar hoy una finca que ya cultivaron tu padre, tu abuelo y muchas generaciones antes que ellos?
Es muy especial. Mucha gente me pregunta si sentí presión para dedicarme a esto al ser el pequeño de cuatro hermanos y el único que trabaja aquí. Pero no tuve ningún tipo de presión, ni mucho menos. Al nacer en esto, desde pequeño me he ido aficionando y ahora es una pasión. Además, estás al aire libre en la naturaleza, no encerrado en un despacho delante de un ordenador. Habrá gente que le encante, pero no es mi caso. Yo lo que quiero es intentar sacar uvas de la mejor calidad y poder hacerlo en casa.
¿Qué crees que pensaría tu abuelo al ver el desarrollo del negocio?
Creo que estaría orgulloso de saber que hay alguien que continúa este proyecto. Lo veo con mi padre. Sé que está contento y agradecido por la continuidad que le estamos dando al negocio. Que todas las viñas se estén recuperando, que tengan un aspecto más o menos correcto, que tengan una producción media importante... Y todo eso, manteniendo la idea original. Al final, la motivación de la familia es dedicarse a la viña y al cultivo porque es nuestra casa. Las viñas son el patio de nuestra casa y todo el mundo quiere tener su jardín bonito, ordenado y funcional.
El cambio climático se ha convertido en un reto para una bodegaJARC / Red Peppers Agency / Carlos Rodríguez¿Cómo imaginas el futuro de Vega de Ribes? ¿Te gustaría que algún día una nueva generación siguiera trabajando estas mismas tierras?
Es una pregunta difícil. Por un lado, ¿qué más podría querer que una persona después de mí continuara lo que estamos haciendo? Cuando yo empecé, había viñas de mi abuelo, de mi padre y las que he plantado yo. Es una rueda que me encantaría que continuara. Te diría que casi es una obligación moral. Pero, a la vez, creo que si le preguntas a cualquier agricultor o ganadero con un negocio familiar si quiere que su hijo o hija continúe en el sector, el 99% de las respuestas serán que no. Es triste, pero es que empresarialmente no estamos en el mejor momento. Hay mucha incertidumbre y desequilibrio. Entonces, si yo ya lo sufro, no quiero que nadie de mi familia lo sufra también. Estoy muy agradecido y me lo paso muy bien, pero creo que no es saludable para nadie vivir esta inseguridad que tenemos los campesinos.
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